jueves, 13 de enero de 2011

Un ejemplo

Pues ahí va el primer ejemplo:

Salmo 3, 5-8.

“Elevo mi voz al Señor y me responde desde su monte santo. Me acuesto y puedo dormir y despertarme, porque el Señor me sostiene. No temo a ésas gentes que a millares se apostan por todas partes contra mí. ¡Levántate Señor!, ¡Dios mío, sálvame! Tú hieres en la mejilla a todos mis enemigos. Tú rompes los dientes de los impíos”.

Ya voy teniendo experiencia de que durante nuestro camino por la vida no siempre todo ocurre con facilidad: vemos con claridad qué es lo que tenemos que hacer pero, qué difícil es a veces hacerlo!.

¿Os acordáis del libro: “El Señor de los Anillos”?: Frodo tenía que cumplir una misión muy difícil e importante, pero cada vez se le hacía más costoso llegar a su fin.

Evidentemente la vida es una lucha constante y contra “millares que se apostan por todas partes contra mí”: como Frodo, a lo largo de su camino, y en las minas de Moria, tenemos que luchar contra criaturas horrendas: los “orcos” y los “trolls” de nuestra pereza, de nuestra envidia, de nuestra soberbia, ira, lujuria, gula y avaricia, que están pendientes de nuestra debilidad para arrojarnos al abismo.

Y también como Frodo, es cierto que no estamos solos: nuestra “Compañía del anillo” nos acompaña siempre: ángeles de la guarda, Nuestra Madre, Santa María, los amigos, los Santos del cielo, pero sobre todo, Tú: Padre Omnipotente que, como nos dice este Salmo tan estupendo, acudes siempre que te invoco y “hieres en la mejilla a todos mis enemigos y rompes los dientes de todos los impíos”.


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